¿Cuánto nos ayuda la (IA) Inteligencia Artificial?

La pregunta es sencilla, la respuesta no lo es tanto así que vayamos despacio.

No cabe la menor duda, los seres humanos somos muy complejos (¿complicados?) y al mismo tiempo bastante ingenuos. Para no sentirnos ofendidos, cambiemos este último adjetivo por adaptables o mejor aún, digamos que somos altamente evolucionados. Suena mejor ¿verdad? La humanidad ha buscado incesantemente la forma de facilitarse la existencia creando toda clase de artefactos —complicación— y ahora quiere darles conciencia a esas máquinas —ingenuidad—.

En términos simples, la especie humana ha logrado destacar por sobre el resto de reino animal gracias a su habilidad para crear tecnología. Que conste, tecnología no es solo sinónimo de herramienta. Algunas especies animales como aves, primates, mamíferos y peces saben utilizar y hasta fabricar herramientas que van desde arrancar hojas de una ramita para darle forma de lazo hasta afilar ramas que serán usadas como armas. Y tampoco la tecnología abarca exclusivamente asuntos digitales.

La creación de un panal o de una comunidad gigantesca de hormigas que construye intrincados túneles que asemejan una ciudad no se puede considerar creatividad en un sentido estricto ya que hasta ahora no se ha descubierto una sola abeja o una hormiga solitaria que se dedique cómodamente a abstraer su pensamiento para construir en su mente el diseño de aquello que le quita el sueño. Un ser humano sí puede hacerlo. En eso del diseño y la imaginación somos únicos.

Las hormigas, las abejas y las termitas según palabras del paleontólogo y doctor en biología Ignacio Martínez Mendizábal, son «robots biológicos» que construyen sus entornos en función del programa genético que vienen acumulando durante millones de años, no tienen conciencia de lo que están haciendo. El ser humano es completamente autoconsciente, lo que le brinda la libertad de elegir qué quiere hacer y cómo hacerlo.

Con esa libertad para “crear”, el ser humano ha inventado a su manera otros robots biológicos artificiales llamados «bio-bots» cuya finalidad no es la construcción de panales u hormigueros sino realizar tareas más útiles para la humanidad. Están formados en parte por células vivas y la otra parte de su anatomía es artificial, mecánica como una herramienta.

¿Y qué relación tiene todo esto con la IA? Ten calma, ya lo verás J.

Ahora que está de moda todo lo que gira alrededor de ChatGPT (Chat Generative Pre-Trained Transformer), un chatbot que ha sido entrenado para imitar una conversación humana y que incluso puede escribir y arreglar programas de software, componer música, trabajar una obra de teatro, un cuento o hasta un ensayo estudiantil, deberíamos preguntarnos si hay algo más que nos pueda ofrecer. La enorme sensación que causa esta inteligencia artificial se centra en lo que puede hacer, sin tomar en cuenta lo que no puede.

¿Este chatbot puede asesorarnos ante un problema con nuestra pareja? Tal vez, pero lo que nos diga seguramente se parecerá al consejo bienintencionado de un amigo cercano —o amiga—. Podría considerársele un «opinólogo experto» (¿recuerdas al perrito de peluche chileno Joe Pino?) que para responder cualquier pregunta interacciona con su base de datos compuesta de algoritmos que contienen 75 millones de parámetros y un entrenamiento que terminó en 2021, tomando en cuenta además que no está conectado a Internet. Este chatbot podrá opinar todo lo que quiera acerca de las relaciones humanas pero al carecer de emociones, simplemente su consejo es poco práctico.

Esta IA está especializada en el lenguaje conversacional aunque existen otras IA con diversos enfoques. Por ejemplo pueden realizar imágenes y arte originales a partir de un texto descriptivo (DALL-E) y otras que pueden convertir un texto descriptivo en música (MusicLM). Sin ir tan lejos, todos conocemos los globos que aparecen en sitios Web diciéndote su nombre y que pueden asesorarte al momento, sin aclararte que son simples bots —programas que imitan el comportamiento humano mediante una conversación escrita—.

Y aquí es donde tenemos que mencionar al gran ausente de esta sensacional estrella tecnológica: el etiquetado de datos. Para que la IA pueda procesar sus bases de datos, primero éstos deben pasar por las manos de miles de personas que los clasifican (etiquetan). Su trabajo consiste en seleccionar, hacer categorías y etiquetar los datos antes de que los sistemas de IA los reciban para buscar patrones.

Esta actividad es lenta, monótona, mal pagada y realizada desde sus casas por personas de países como India, Kenia, Malasia y Filipinas. ¿En verdad creías que la IA hacía este trabajo? Digamos que nuevamente, el trabajo “sucio” le resta atractivo a este avance tecnológico y por eso no se menciona tanto, tal y como ocurre con la fabricación de ropa fina y costosa en países pobres.

Las aplicaciones de la IA apenas se están descubriendo y nos falta un largo camino que las ponga a prueba para saber si son de utilidad práctica o hay que considerarlas una simple diversión. Mientras eso ocurre, en nuestras empresas podemos seguir utilizando los algoritmos, las bases de datos y el software administrativo menos inteligente y muy artificial J para elevar hoy la productividad de forma segura, aunque no tengamos un pequeño chatbot que nos diga amablemente al oído si lo estamos haciendo bien.

En Spechi tenemos una enorme inteligencia de negocios y no somos artificiales. Permítenos demostrarte que nuestra tecnología es una excelente herramienta empresarial.


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